lunes, 22 de diciembre de 2014

Las últimas del Chino

Algunas de las prostitutas de la calle de'n Robador explican su visión del barrio

La mayoría son madres de familia que comparten pisos para poder trabajar


Hay un millón de maneras de contar una misma historia. La que sigue es la historia de una calle, la de'n Robador, a través de las vivencias de las prostitutas que trabajan en ella. Una mirada femenina sobre 100 metros del barrio del Raval de los que se ha escrito mucho, aunque pocas veces desde su perspectiva. Una calle que se ha convertido en símbolo, en reducto del viejo Barrio Chino; en una suerte de poblado galo. Carmen -nombre ficticio- es una de las veteranas del lugar. Madre de dos hijos -chico y chica- y abuela de tres nietos, madrileña de nacimiento y de actitud, lleva trabajando en el Raval desde 1990. "He sido testigo de toda la transformación del Chino. De aquello ya queda muy poco, pero algo queda», cuenta la mujer. Quedan ellas, varias decenas de prostitutas, cada una con su historia, que se han organizado para defenderse entre ellas y defender sus derechos. "Somos ciudadanas, no delincuentes", rezaban algunos de los carteles con los que el miércoles pasado, día internacional contra la violencia contra las trabajadoras sexuales, empapelaron la calle. También colgaron globos rojos y pusieron música, para evocar aquella alegría que, pese a todo, tenía el Chino que estas mujeres no quieren dejar morir.

Hijos criados en el Raval

"Nadie se hace prostituta por capricho". Lo asegura Carmen, quien constata que "las cosas no son fáciles y a los hijos hay que darles de comer". La mujer, dulce, explica que los suyos los ha criado allí, en el Raval. "En el barrio todos me conocen; nos hemos ayudado mucho. Esa solidaridad entre los vecinos es lo que siempre me gustó del Chino", prosigue la mujer. Pero todo ha cambiado mucho, claro. En los últimos años se siente cada vez más perseguida por la Administración. "Cada vez parece que les molestamos más. Que encajamos menos en su idea de Barcelona. Ya me han cerrado dos pisos. Y ahora nos quieren echar también de estos. No pedimos nada, solo que nos dejen un espacio en el que trabajar tranquilas", concluye la mujer.
María tampoco se llama María, pero sí tiene 33 años y es compañera de Carmen. El miércoles llegaba sobre las 12 del mediodía a la calle de'n Robador. Su calle. "Cuando me dicen que seguro que tengo un chulo me río y les digo que anda que si tuviera un chulo podría llegar a trabajar a las 12", cuenta la mujer, madre de un niño de seis años, con una sonrisa triste. El pequeño vive en Rumanía, con su abuela materna. "Mandé al niño con mi madre cuando me separé porque la cosa está fatal aquí", relata Carmen, quien llegó a Barcelona en el 2004 y se dedica a la prostitución desde el 2010.
Pese a que explica que el trabajo ha bajado -"en parte por la crisis y en parte por la persecución policial"-, con el dinero que gana puede vivir y mandar dinero a su país, para su madre y su hijo, igual que hacen muchas de sus compañeras. "Con los 30 euros que cobramos no podemos ir a una pensión y el cliente que viene aquí no puede pagar más», expone la mujer, también preocupada con el progresivo precinto de los pisos-prostíbulo en el barrio por parte del distrito. Hablan de que al Raval van los clientes «de toda la vida" y aún algunos hombres que llegan al puerto. "No es un cliente que esté dispuesto a pagar más, pero nosotras tampoco estamos dispuestas a cobrar menos", plantean estas mujeres, que se organizan por turnos.
"En el ayuntamiento dicen que estar captando a los clientes en la calle queda mal en esta ciudad y está prohibido por la normativa, pero fueron ellos los que cerraron los bares. Antes no había quejas. Si habilitaran un bloque horizontal para nosotras, con un bar abajo, por ejemplo, se arreglaría el problema", señala Carmen, preocupada.

El espiritu del 15-M

También madre y luchadora, como la mayoría aquí, Janet es otra de las veteranas de'n Robador. Es el punto de apoyo y referente de muchas de sus compañeras y portavoz del colectivo Prostitutas Indignadas, creado por estas mujeres después del 15-M para defender sus derechos y reclamar que se respeten sus derechos como ciudadanas, "fuera de toda respuesta de carácter represivo o policial". "Queremos que nos traten como a vecinas", resume Janet, quien reivindica el arraigo del colectivo en el Raval. "Las prostituas llevamos más de 100 años aquí", concluye.
Paula explica que se dedica a la prostitución desde los 13 años y que es feminista desde los 17. Es argentina y ha trabajado en distintos lugares de la ciudad y el mundo. Insiste en la importancia de salir de la invisibilidad. "Si quisieran perseguir a las mafias, como dicen, lo harían. ¿Cuántas veces se han hecho macrojuicios a chulos que han acabado en nada? En cambio a nosotras nos persiguen cotidianamente", denuncia. "Aquí estamos organizadas. Tenemos pisos compartidos y funcionamos como una especie de cooperativa. No dependemos de nadie y estamos aquí por decisión propia. Nos quieren hacer creer que no tenemos criterio y no es así", apunta la mujer, quien insiste en que no se puede entender la persecución contra la prostitución en la calle sin abrir el foco y mirar también "la especulación inmobiliaria y la gentrificación que ha marcado la transformación del barrio". Esos pisos de las que todas hablan están en el centro de la reactivación de la movilización, que se decidió en la asamblea general en el Casal Folch i Torras, celebrada el lunes 10 de noviembre. Como ya hicieron el año pasado, la fecha elegida fue los miércoles a última hora de la tarde. No piensan ni callar, ni marcharse.

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