domingo, 18 de agosto de 2013

Los clientes de los clubes de stripper desde la antropología.

 Os dejo la infromación de un trabajo de etnografía extrema, desde mi punto de vista el mejor metódo de investigación y el que mejor puede describir las diferentes realidades del comportamiento y actitudes del ser humano, ser observador y participante al mismo tempo, porque la condición humana no se puede objetivizar como en las ciencias exactas, son subjetividades, y la investigación es más cualitativa.
No he leido ni el libro ni la tesis, aunque solamente el hecho de que ella lo haya vivido en primera persona e smuy importante. De todas maneras en cinco años que estuvo en los clubs , 30 entrevistas me parecen muy pocas, para describir las diferentes realidades y extrapolarlas.
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 http://www.emol.com/tendenciasymujer/Noticias/2013/08/17/24550/Tras-trabajar-como-stripper-antropologa-descubre-que-los-clubes-nocturnos-si-son-utiles.aspx?error=access_denied&error_code=200&error_description=Permissions+error&error_reason=user_denied#_=_

Antropóloga cultural, con doctorado en la Universidad de Duke, investigadora de temas de sexualidad y escritora. Así se define Katherine Frank, autora de "G-Strings and Sympathy: Strip Club Regulars and Male Desire" ("Afinidad al colaless: Clientes habituales a los clubes de stripper y el deseo masculino"), libro en el que se adentra en el mundo de los locales nocturnos para hombres con el fin de explicar la relación que se establece entre bailarinas y clientes.

Pero las conclusiones a las que llega en el texto no sólo están basadas en la observación, ya que para escribir con mayor "conocimiento de causa", Katherine trabajó durante seis años como stripper en cinco clubes nocturnos, algunos de mucho prestigio y otros no tanto.

Según explica en su página web, durante su "investigación en terreno", la antropóloga pudo entrevistarse con más de 30 clientes habituales a estos locales, la mayoría de ellos de clase media y que estaban al final de sus 20 o en la mitad de sus 50.

Sin duda, la conclusión más importante a la que llegó con su estudio es que, contrario a lo que comúnmente se cree, los clubes nocturnos no afectan la capacidad que tienen los hombres para tener intimidad con sus esposas, sino que en realidad ayudan a mantener unidos muchos matrimonios.

"Para los hombres que decían estar enamorados de sus esposas y que deseaban permanecer casados, lo que ocurría en los clubs era transgresor y suficientemente real para ser excitante, pero seguía siendo una fantasía", relató a la revista "Salon", donde fue entrevistada hace algún tiempo.

En aquella oportunidad, Katherine también sostuvo que su experiencia como bailarina exótica, de alguna manera la ayudó a cambiar su opinión respecto a los hombres que visitan ese tipo de locales.

"Creo que me volví más empática. Antes de graduarme era una feminista anti-pornografía (…) Pero al hablar con los clientes en los clubes nocturnos, me di cuenta de que ellos también han sufrido daño por la cultura sexista. Sentían que sus esposas y novias nunca podrían aceptar sus deseos, y que nunca podrían pedir consejos sobre sexo, porque de alguna manera se suponía que ellos lo sabían todo", explicó.

La antropóloga, quien adaptó el libro de su tesis doctoral, reconoció que su investigación fue un proyecto bastante riesgoso y que incluso sus colegas le cuestionaban si alguna vez podría conseguir un empleo si trabajaba como bailarina. "Pero creo que el momento era el adecuado", señaló.

Un entretenimiento costoso

Katherine afirmó que tuvo varias experiencias positivas durante su desempeño como stripper, como descubrir que los gustos masculinos son diversos. "Aprendí que los hombres tienen una percepción mucho más variada respecto a qué tipo de cuerpos son hermosos o sexy, que la que tienen las mujeres", relató.

También reveló que las luces que se utilizan dentro de los locales, hacen que las bailarinas se vean bronceadas, con su piel perfecta, sin celulitis ni irritaciones debido a la depilación de su zona pública.

"En los vestidores ves realmente cómo son. Pero hay ciertos parámetros: la juventud es algo importante y las chicas que tienen el pelo corto rápidamente se dan cuenta de que tienen que ponerse pelucas largas para obtener propinas", confesó.

Respecto a cómo se comportan los hombres en sus visitas a los clubes nocturnos, la antropóloga indicó que los que van en grupo son diferentes a los que asisten solos. "Los hombres en grupo hablan más, comparan más descaradamente los cuerpos femeninos, son más críticos del físico de sus esposas o novias", dijo.

Pero, a pesar de que lo que vivió en los locales en que trabajó en general fue bueno, Katherine admitió que no le gustaría que su esposo fuera un cliente frecuente de ellos, principalmente por un asunto de dinero.

"El hombre puede pensar que le está dando dinero a la mujer que le 'robó el corazón', de manera que ella tiene el poder. Pero es dinero para entretenimiento. A veces, un hombre puede gastar 500 dólares en una bailarina", afirmó, y agregó: "Hice más de 1.000 dólares en una noche y sé de bailarinas que hacían más de 3.000".

 Based on her experiences as a stripper in a city she calls Laurelton—a southeastern city renowned for its strip clubs—anthropologist Katherine Frank provides a fascinating insider’s account of the personal and cultural fantasies motivating male heterosexual strip club "regulars." Given that all of the clubs where she worked prohibited physical contact between the exotic dancers and their customers, in G-Strings and Sympathy Frank asks what—if not sex or even touching—the repeat customers were purchasing from the clubs and from the dancers. She finds that the clubs provide an intermediate space—not work, not home—where men can enjoyably experience their bodies and selves through conversation, fantasy, and ritualized voyeurism. At the same time, she shows how the dynamics of male pleasure and privilege in strip clubs are intertwined with ideas about what it means to be a man in contemporary America.
Frank’s ethnography draws on her work as an exotic dancer in five clubs, as well as on her interviews with over thirty regular customers—middle-class men in their late-twenties to mid-fifties. Reflecting on the customers’ dual desires for intimacy and visibility, she explores their paradoxical longings for "authentic" interactions with the dancers, the ways these aspirations are expressed within the highly controlled and regulated strip clubs, and how they relate to beliefs and fantasies about social class and gender. She considers how regular visits to strip clubs are not necessarily antithetical to marriage or long-term heterosexual relationships, but are based on particular beliefs about marriage and monogamy that make these clubs desirable venues. Looking at the relative "classiness" of the clubs where she worked—ranging from the city’s most prestigious clubs to some of its dive bars—she reveals how the clubs are differentiated by reputations, dress codes, cover charges, locations, and clientele, and describes how these distinctions become meaningful and erotic for the customers. Interspersed throughout the book are three fictional interludes that provide an intimate look at Frank’s experiences as a stripper—from the outfits to the gestures, conversations, management, coworkers, and, of course, the customers.
Focusing on the experiences of the male clients, rather than those of the female sex workers, G-Strings and Sympathy provides a nuanced, lively, and tantalizing account of the stigmatized world of strip clubs.

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