lunes, 26 de mayo de 2014

Cuando hablar de salud es nombrar el estigma. Ana Fábregas y Clarisa Velocci. Genera

Cuando hablar de salud es nombrar el estigma

0dosANA FÁBREGAS MARTÍNEZ Y CLARISA VELOCCI. "GENERA". La idea de que ciertos colectivos en concreto son "peligrosos" a nivel de salud pública ha generado una construcción social que permite y tolera la discriminación
Cuando hablamos de salud y prostitución el imaginario primero nos golpea con cuestiones relativas a la relación entre la actividad y las infecciones de transmisión sexual. Pese a los años de investigación, el estigma de los mal llamados "grupos de riesgo" sigue haciendo daño. La idea de que ciertos colectivos en concreto son "peligrosos" a nivel de salud pública ha generado una construcción social que permite y tolera la discriminación.
Sinceramente, aquello que se ha vuelto realmente peligroso es la ignorancia que deriva de este imaginario. Creer que ciertas infecciones de transmisión sexual son asunto de algunos grupos sociales, en lugar de ser conscientes de los riesgos o precauciones que tomamos todas las personas al realizar prácticas sexuales, implica la falsa ilusión de estar fuera de alcance, el famoso "a mí no me va a pasar". En ese marco, las trabajadoras sexuales además son señaladas, son las que "contagian", las "sucias", las "culpables".
Esta visión no es exclusiva de los poderes políticos, que son capaces de legislar los espacios de prostitución sin dotar de derecho alguno a las trabajadoras sexuales, pero sí exigirles "controles sanitarios", como si de "controles de calidad" se tratase; ni de las personas encargadas de los propios locales, que ponen el grito en el cielo cuando algún cliente, irresponsable y estigmatizador, busca "la culpable" de su pene dolorido y emprenden campañas de "busca y captura". La perversión es que esta concepción está lógicamente también impregnada entre las propias trabajadoras del sexo. Quitarse de encima el juicio social del estigma es un proceso complejo. Para justificarse algunas mujeres publican sus analíticas en sus perfiles, demandan instaurar el "carnet de puta sana", o adoptan medidas de higiene íntima abusiva que no son sino una forma simbólica de luchar contra esa imagen de mala mujer, y de "sucia".
La responsabilidad es colectiva, aparte de entender que el mundo se divide entre buenas y malas, entre putas y no putas, entre peligrosas y sanas. Si aún le cabe alguna duda, intente donar sangre y se encontrará con que una de las preguntas que hacen como criba para descartar donantes es haber mantenido relaciones sexuales mediante retribución. Como si el intercambio de dinero implicase riesgos mayores respecto de las prácticas sexuales. Este marcaje social está plenamente legitimado, tolera y reproduce violencia cotidiana hacia las trabajadoras sexuales. Porque de qué otro modo podrían si no proponerse, con tanta ligereza y casi sin oposición, políticas públicas que niegan sus derechos sin ser conscientes de que se trata de los nuestros.
Desde esta perspectiva de alarma social constante, parece que olvidamos que la salud de las mujeres, sean o no trabajadoras del sexo, está vinculada a bastante más que a la transmisión de infecciones sexuales.
Hablar de la salud de las mujeres es hablar del cotidiano, de la calidad de vida, del derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, a vivir sin violencias, a que se nos reconozca dignidad
Hablar de la salud de las mujeres es hablar del cotidiano, de la calidad de vida, del derecho para ejercer derechos ya sea a decidir sobre nuestro cuerpo (que no vale únicamente cuando hablamos de aborto), a vivir sin violencias, a que se nos reconozca dignidad: es decir la libertad de elegir estrategias, en este marco tan complejo del patriarcado capitalista, que nos permitan hacer camino propio y colectivo. Y en concreto, en estos tiempos tan cínicos, recordar que hablar específicamente de la salud de las mujeres que ejercen prostitución es también denunciar la precarización, la persecución y la criminalización de la actividad.
Desde los estamentos políticos no se han cuestionado, y dudamos que lo hagan, que sus políticas persecutorias, como por ejemplo las ordenanzas mal llamadas "de convivencia", tienen serias consecuencias en la vida y, por tanto, en la salud de las mujeres.
Pasarse 10 horas diarias en la calle, mirando de un lado a otro constantemente, vigilando que no haya presencia policial en las proximidades, aprovechando los momentos de baja presión para negociar servicios deprisa y corriendo, aceptando lo inaceptable por precios y condiciones para ocuparse luego en espacios igualmente perseguidos que se han convertido en clandestinos y precarios. Si a ello le sumamos que es muy probable que seas denunciada, que cargues con multas de entre 100 y 1500 euros, que muy probablemente tengas a cargo a tu familia y que ya no llegues a fin de mes, tenemos el dibujo claro de la calidad de vida y por tanto de la salud de las mujeres trabajadoras sexuales que se construye desde el acoso institucional.
Y peor si cabe, argumentar y justificar estas acciones persecutorias disfrazadas de leyes en la lucha contra el fenómeno de la "explotación sexual", es doblemente insultante y desgarrador puesto que si esta idea se refiere al ejercicio forzado de la actividad, a la trata, sería tan absurdo como proponer multar por ruidos molestos a una mujer que grita porque su pareja le está dando una paliza.
Estas lógicas de víctimas / criminales, de considerar a las trabajadoras del sexo como incapaces, indignas, enfermas no es más que la visibilidad del control social, pese a ellas, pese a todas nosotras.
La sintomatología de la violencia constante del estigma hacia las trabajadoras del sexo, la indefensión, la frustración, la culpa, las vejaciones, los insultos y el miedo no aparecen en un epígrafe específico de ningún libro de medicina pero tiene repercusiones directas en la salud de las mujeres.


REFERENCIA CURRICULAR
Ana Fábregas y Clarisa Velocci son activistas y fundadoras de GENERA, una organización con más de diez años de experiencia especializada en prostitución y trata. Su objetivo es la redefinición de los roles sociales desde una perspectiva de género, a través de la defensa y reivindicación de los derechos de las mujeres, partiendo del ámbito del trabajo sexual.

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