lunes, 26 de mayo de 2014

Sobre trabajo sexual. revista con la A. Editorial



En "El contrato sexual" Carole Pateman explica cómo los hombres libres e iguales, tras las revoluciones burguesas que acabaron con el Antiguo Régimen (sostenido por la nobleza y el clero), construyen un nuevo orden social en el que las mujeres quedan excluidas como sujetos, como ciudadanas libres e iguales. De tal manera, el nuevo orden social regula el acceso sexual al cuerpo de las mujeres de forma que a cada hombre le "corresponde" una mujer y unas cuantas quedan a "disposición" de todos, legitimando así la subordinación de las mujeres que bien quedan relegadas al ámbito doméstico (la santa -madre y esposa-) bien al ámbito privado (la puta), perpetuando, también en el nuevo orden, dos únicos modelos de mujer puestos al servicio del patriarcado cualquiera que sea el sistema político que gobierne y la religión que lo legitime moralmente. Baste con echar una mirada a nuestro entorno para saber que seguimos excluidas del Contrato Social pues continuamos -una a una- "atadas" al ámbito doméstico y -algunas cuantas- a la prostitución. Ambas actividades, en el sistema de mercado, producen ingentes sumas al capital: las amas de casa sosteniendo el 40% del Producto Interior Bruto con su trabajo reproductivo no remunerado (porcentaje establecido ya en el siglo XXI) y las prostitutas (cualquiera que sea su atribución de género, incluidas las trans) siendo el producto del mercado de la carne con el que las mafias y los proxenetas chalanean, trafican y se enriquecen. Así las cosas, no es posible excluir a las amas de casa de las propuestas feministas como tampoco lo es excluir a las mujeres que se mueven en el ámbito de la prostitución, ni estar comprometida con el feminismo sin mantener una postura contraria a este contrato sexual "firmado entre varones" que, de una manera u otra, deciden sobre nuestros destinos y controlan nuestros cuerpos, nuestra maternidad, nuestra sexualidad, nuestro derecho al placer, nuestro derecho a decidir. Por todo ello, estar comprometida con el feminismo y no ser abolicionista es, cuanto menos, difícil de justificar dado que el feminismo: "... supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación, y explotación de que han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquella requiera" (Mujeres en Red) y el patriarcado tiene bien amarrada la estructura social, económica, ética, normativa, etc. en la que todas las personas hemos sido educadas, también las mujeres o quizás fundamentalmente las mujeres que, por paradójico que resulte, somos las encargadas de reproducir el "mandato de género" que se sostiene sobre nuestra propia discriminación y la sumisión ante las órdenes del Padre -Dios, Estado, marido, cliente, o cualquiera de las muchas formas que adopte-, y a sus deseos. Por ello, cualquier actividad, ideología, costumbre o creencia patriarcal que signifique la opresión de las mujeres como colectivo humano es difícil, cuando no imposible, "normalizarla" en el ideario feminista, como es el caso de la prostitución: "una institución patriarcal que tiene lugar en la actualidad porque la sexualidad masculina se construye descontextualizada de la consideración de la persona como tal", como señala Sara Vicente en su artículo de este número 33. Sin embargo, no podemos abordar en profundidad la problemática y el impacto que tiene la prostitución sobre el imaginario social que produce, en lo que a las relaciones entre mujeres y hombres y la sexualidad hace referencia, excluyendo a las mujeres que se mueven en este ámbito ni a las expertas que lo analizan "desde dentro" ya que, parafraseando a Dolores Juliano: "la persona que acomete la tarea de escuchar las voces silenciadas no sólo necesita esforzarse en escuchar, sino que debe vencer la resistencia a hablar de (con) sus interlocutores". Es preciso, por tanto, darles voz, abrir la interlocución, porque no hay que confundir la prostitución (cualquiera que sea su tipología) con las prostitutas ya que, como nos recuerda María Espinosa: "... las mujeres que se dedican a la prostitución tienen que tener los mismos derechos que cualquier otra persona".

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